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lunes, 10 de marzo de 2014

Muchos gestos y grandes expectativas en el primer año del papa Francisco

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En un año, el papa Francisco ha cambiado la imagen de la Iglesia católica,
con una revolución pacífica marcada por un lenguaje directo y sencillo,
aunque numerosos expertos y católicos recalcan que aún falta mucho para
adaptar al mundo moderno a una institución tan anquilosada.
El papa argentino, "venido del fin del mundo", como él mismo se definió, y
que prometió una "Iglesia pobre para los pobres" pocos días después de su
elección, en la tarde del 13 de marzo de 2013, cuando apareció con una
cruz de hierro en el balcón de la basílica de San Pedro, ha despertado
grandes expectativas y muchas esperanzas entre los católicos de todo el
mundo por sus gestos de apertura y sus palabras tolerantes.
El primer Papa jesuita y latinoamericano de la historia ha cumplido con
regularidad el tradicional protocolo de ceremonias y visitas de Estado que le
impone su papel de líder de más de 1.000 millones de católicos.
Paralelamente, ha sido capaz de romper los moldes, de improvisar y hablar
sin tapujos durante sus homilías matinales y ángelus dominicales contra
las injusticias sociales, la falta de ética y hasta de los chismes, intrigas y
afán de carrera que tanto han desacreditado a la Curia Romana, la
influyente maquinaria vaticana.
El Papa, que ha concedido entrevistas exclusivas a los tres principales
medios de prensa italianos, se define como "una persona normal", que
abandonó todo lujo y circula en un automóvil común, atrae a multitudes a
la plaza de San Pedro, generando lo que muchos han calificado de una
verdadera 'franciscomanía'.
El ángelus del domingo se transformó en el programa
más visto de la televisión pública italiana.
Durante las audiencias de los miércoles, cuya
asistencia ha aumentado del orden de un 30%, besa
niños, saluda a amigos, abraza a políticos. Para la
historia quedó la foto en la que besa el rostro de un
enfermo de neurofobromatosis, un gesto de compasión
inédito, tan popular como las llamadas telefónicas a
desconocidos que le escriben.
De cara al tímido "abuelo sabio", como llama a su
predecesor, Benedicto XVI, con el que convive dentro
del Vaticano tras su sorprendente renuncia, Francisco se presenta como una
persona extrovertida, que no teme controversias, que aborda temas tabú
para la iglesia, como la homosexualidad, incluida la de los curas, el alquiler
de vientres, las madres solteras y hasta la infalibilidad papal.
"Dicen que está desacralizando la función del Papa, que es demasiado
accesible", recordó recientemente el vaticanista italiano Andrea Tornielli, de
la página web Vatican Insider.
Se trata de las primeras críticas a un estilo de papado que oscila entre lo
folclórico y lo moderno, que para algunos observadores latinoamericanos es
"peronista", por aquello de proclamarse como el "abanderado de los
humildes", y presentarse a la vez como conservador y progresista.
"Es un pontífice calculador", resume Sandro Magister, el experto en asuntos
de El Vaticano de la revista italiana L'Espresso.
- Las expectativas que suscita Francisco -
Si bien no caben dudas de que la imagen de la iglesia cambió en un año,
han surtido muchos interrogantes sobre la modernización moral y social
que Francisco quiere llevar adelante dentro de la entidad.
Como primera medida el Papa impulsó un gigantesco debate sobre la
familia, convocó dos sínodos, envió un cuestionario a todos los obispos
sobre las "nuevas formas de familia", por lo que se esperan importantes
decisiones sobre este tema candente.
La Iglesia católica deberá responder en un plazo no muy
largo y con medidas concretas a las esperanzas de los
divorciados que se vuelven a casar, a las madres y
padres solteros, a las parejas de hecho, a los que
defienden la contracepción. Sin embargo, plasmar en
gestos concretos las palabras de Francisco no es una
tarea fácil para una organización que ha sobrevivido dos
mil años y cuyas transformaciones son viables a largo
plazo.
Francisco también ha iniciado la batalla a favor de la
reforma de la desacreditada Curia Romana y de sus
controvertidas finanzas, acusada de corrupción y
blanqueo de dinero. Para ello creó una especie de
ministerio de Economía, con un equipo mixto internacional de cardenales,
obispos y expertos auditores, para acabar con el ancestral centralismo de la
Iglesia y favorecer la transparencia financiera y administrativa.
Todas esas medidas las ha tomado por recomendación de varias
comisiones lideradas por cardenales de toda su confianza, muchos de ellos
latinoamericanos, un método inusual dentro de los palacios pontificios. Se
trata sólo de unos primeros pasos, cuyos resultados están aún por llegar.
Los más duros y críticos con el pontificado han sido las víctimas de los
curas que han abusado sexualmente de ellos y que piden medidas más
contundentes contra el fenómeno y no se resignan a aceptar las peticiones
de perdón y las promesas de "tolerancia cero".
Estas víctimas piden la cárcel para todos en todos los países, mientras el
movimiento ultraconservador Legionarios de Cristo, emblema de esos
abusos, sufrió una renovación con la bendición papal.

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