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lunes, 8 de abril de 2013

La guerra de las Malvinas, el gran triunfo de Thatcher

LONDRES (AFP)

La arriesgada -y exitosa- apuesta de responder militarmente a la invasión argentina de las Malvinas, permitió a la entonces primera ministra Margaret Thatcher, fallecida este lunes, devolver al imperio británico venido a menos la estatura de potencia internacional y le dio un nuevo impulso dentro de su país.

El 2 de abril de 1982, las tropas del exangüe gobierno militar argentino del general Leopoldo Galtieri, acorralado por las demandas sociales y de restauración de democracia, desembarcaron por sorpresa en el remoto archipiélago del Atlántico Sur históricamente reivindicado por el país sudamericano pero en manos británicas desde 1833.

Pese al desastre que vaticinaban algunos dentro y fuera del Reino Unido, Thatcher, que llevaba apenas tres años en Downing Street, no dudó en despachar el mayor destacamento naval desde la Segunda Guerra Mundial -formada por más de un centenar de buques y 27.000 hombres- para recuperar lo que el entonces presidente de Estados Unidos, su amigo Ronald Reagan, calificó como "ese pequeño trozo de tierra helado allá abajo".

Para Victor Bulmer-Thomas, exdirector del reputado instituto de Relaciones Internacionales Chatham House, el desembarco argentino fue "una bendición" para la conservadora Margaret Thatcher.

La primera ministra, elegida en 1979, "había entrado en un periodo de profunda impopularidad en 1981 como resultado de las políticas económicas del gobierno" y el conflicto "transformó su situación política", explicó a AFP este experto británico en Latinoamérica y el Caribe.

A pesar de su escasa experiencia en cuestiones internacionales, Thatcher superó el primer gran examen sobre su capacidad de liderazgo de su mandato (1979-1990) a cerca de 13.000 kilómetros de distancia de Londres.

Tras 74 días de conflicto que dejó más de 900 muertos (649 argentinos, 255 británicos y tres isleños), las tropas argentinas se rindieron el 14 de junio, desatando una ola de patriotismo británico.

"Sabíamos lo que teníamos que hacer, fuimos y lo hicimos. Gran Bretaña es grande otra vez", proclamó al día siguiente la primera y hasta ahora única jefa de Gobierno británica, que vistió de negro durante todo el conflicto.

"Fue una decisión muy personal", consideró William Wallace, profesor de la London School of Economics de Londres. "Corrió un gran riesgo, con fuerzas británicas limitadas y le resultó".

Thatcher saludaba al personal a bordo del barco HMS Antrim en una visita de cinco días a las Malvinas, cuya guerra marcó a nivel internacional el mandato de la conocida como 'Dama de Hierro'.

"Eso le dio un segundo aliento en política interior" que allanó el camino hacia su cómoda reelección en 1983, agregó Wallace, y "también fortaleció su reputación en el extranjero", donde su férrea oposición a la Unión Soviética y al comunismo ya le habían hecho acreedora del apodo "Dama de Hierro".

Menos de un año después del conflicto, en enero de 1983, Thatcher visitó las islas que los británicos llaman Falkland, donde fue recibida casi como una santa por los isleños, que la hicieron hija adoptiva del archipiélago cuya soberanía continúa reivindicando Argentina por vía diplomática hasta el día de hoy.

Tras el anuncio de la muerte de Thatcher, la Asamblea Legislativa de las Malvinas rindió homenaje este lunes a la "determinación" que mostró contra Argentina, y le expresó su eterno agradecimiento por haberles liberado.

En cambio para Mario Volpe, uno de los líderes de los veteranos de guerra argentinos, Thatcher murió "impune, sin ser juzgada".

"Esencialmente nunca aportó nada a la pacificación del mundo", insistió el exsoldado, presidente del Centro de Excombatientes de Malvinas de la ciudad de La Plata, criticando especialmente su decisión de hundir el crucero argentino "General Belgrano", que dejó 323 muertos argentinos e intensificó el conflicto.

Según Victor Bulmer-Thomas, el conflicto de las Malvinas sirvió sin embargo a Thatcher para conocer a su "mejor aliado", el Estados Unidos presidido por Reagan, que inicialmente trató de buscar una solución política a la disputa.

"Siguió siendo una fuerte defensora de Estados Unidos pero creo que entendió que había límites en lo que podía esperar de ellos. Fue una lección dura e importante en término de la composición del mundo en su totalidad", afirmó.

En contraste, el exdictador chileno Augusto Pinochet, quien sí le brindó apoyo, según ella misma admitió a finales de los años 90, apareció a sus ojos como alguien más fiable.

"Esta fue desafortunadamente una de las tristes consecuencias de la guerra", agregó el experto. "Y como es una política de blancos y negros, siguió siendo leal a Pinochet hasta el final".

Junto con Madeline Albright, fueron las grandes mujeres de su tiempo

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